Tailandia fue el primer país en el que empecé a saciar mis ganas de aventura. El país de las Sonrisas, como le llaman, no defrauda. Pisar suelo tailandés fue sentir hacer un sueño realidad. Enseguida me adapté a su ritmo de vida y abrí mi corazón a esas constantes muestras de afecto. Me acuerdo cuando fui a explorar el Norte, la frontera con Mynamar. Fue una experiencia maravillosa porque viví durante 3 días en una pequeña aldea a orillas del Mekong. Un momento especialmente importante para mi en ese país, fue ir a la aldea de las mujeres del cuello largo, que de niña quería conocer. Hablar con ellas, ser partícipe de tus tareas domésticas; nunca lo olvidaré. Tengo por costumbre desde entonces, comprarme le traje tradicional de cada país al que viajo.

 

 

 

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